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Al leer “Traducción y censura[i]” de Mario Grande, recién publicado en El Trujamán, sentí como una resonancia de las lecturas laterales cumplidas durante mis estudios −textos de Jakobson, Todorov, Steiner, e incluso las insertas en el propio lenguaje del medio, como el inagotable “Pierre Menard”−, que hablaban de transgresión, de ruptura y, en el reverso del guante, de canon y censura. Resulta terrible imaginar el elenco de modificaciones, supresiones y añadidos que a lo largo de la historia han sufrido las traducciones –las posibilidades de lectura ya que nunca se darán−. Quizás pueda imaginarse también que alguna de tales censuras haya germinado en algo inusitadamente bello; por error o por distinto, pero bello. Podría ser un buen pie para una investigación o una historia, quién sabe. Otro es el caso de las traducciones que nunca han llegado a producirse y ese, no dudo al transcribirlo, es el verdaderamente terrible.

Hay además una censura vigilante, que acecha y difícilmente detectamos: el pudor íntimo de lo propio. Los traductores nos engalanamos con citas como la conocida el original es infiel a la traducción o hablamos (como hacía Borges a propósito de Mardrus) de la libertad negada a los traductores. Sin embargo, qué pocas veces he saboreado una traducción actual verdaderamente distinta, transgresora, bella; tampoco he manejado ninguna de Borges que brillara con otro sello que el de su impecable estilo. A mí me resulta inconcebible que el autor de las mentadas frases tachara de errónea y perifrástica la versión que León Felipe hizo de “Song to Myself” de Walt Whitman, la cual, puedo afirmar –hace tiempo elaboré un tedioso estudio comparativo−, no es tan alejada o perifrástica como pueda dar a pensar la autoría con que se editó –en unas “prólogo y paráfrasis de León Felipe”, en otras aparece solo su nombre−. Pero eso no es lo fundamental. Yo siento que si Felipe se permitió ciertas transgresiones fue en beneficio del lector y, lo más importante, disfruto extraordinariamente escuchando a ritmo de mi voz interna, en su decir, los versos de Whitman.

Una de mis penas de lector era no haber encontrado una versión del fantástico “The raven” de Poe que me transmitiera en castellano la tensión musical y los armónicos del original (ni siquiera la exquisita del venezolano Pérez Bonalde[ii], ni siquiera la erudita de Francisco Soto y Calvo[iii]). Mi suerte cambió un día cuando topé, buscando bibliografía en San Miguel de los Reyes, con un volumen editado por Sudamericana que contenía un tratado minucioso de la rítmica de los poemas de Poe, con alguna propuesta de traducción, firmado por el colombiano Humberto Sarl. El estudio me pareció mecánico y de poco interés poético, pero contenía una versión del mismo Sarl de la primera estrofa del poema. He aquí el verso que anoté.

Ocurrió que, en noctívaga oscuridad, sumido en deprimente pensamiento,
reclinado sobre un insólito rimero de tomos de remota ilustración,
comenzaba a cabecear somnoliento, cuando sonó un golpeteo al viento
como si alguien llamara, con pulso lento, llamara a la puerta de mi habitación.
Es —musité con temor— alguien que llama a la puerta de mi habitación.
Tan sólo eso. Nothing more[iv].

¡Cómo! No era posible que una sucesión de ripios me transportara tan mágicamente al lúgubre escritorio del atormentado Poe. Sarl había encontrado una fórmula rítmica que acercaba la tensión musical del original al oído hispanófono sin herir demasiadas sensibilidades semánticas. Pero, ay… ¿había olvidado traducir el último fragmento de la estrofa? La coincidencia sonora entre el inciso del antepenúltimo y el final del último verso me hacía sospechar de una infracción voluntaria. Quizás Sarl pensó que nada podría sustituir al nothing more que desemboca en el legendario nevermore. No obstante, no le tembló el pulso al traducir midnight dreary por noctívaga oscuridad, transposición que resulta, por otro lado, en un nuevo sintagma de asombrosa musicalidad; o volumes of forgotten lore por tomos de remota ilustración, imagen que conjuga azarosamente una aliteración de la r en el verso con la rima consonante entre el segundo y el cuarto. En el mismo inciso traduce I muttered por musité con temor −¡apéndice intruso que presagia el truncamiento final!−. ¿No sería el propio Sarl quien temía musitar los versos del poeta de Boston? Ese descuido voluntario, esa renuncia tan exquisita en su traducción ha producido en mí una incertidumbre que se ha proyectado en duermevela de sombras y sonidos inéditos. ¿Puede ser que una traducción tan mimada, tan adornada de aliteraciones y repeticiones fónicas finalice de forma tan fatídica?

No he sabido descifrar el enigma. Pero de Cortázar aprendí que el juego es una de las formas más fértiles de aproximarse a la realidad, de establecer reglas o constraints nacidas de la propia imaginación que anulan los hábitos vigilantes, las censuras, y que quebrar alguna de esas reglas no invalida su propósito, sino que invita a reflexionar e incluso a reafirmar el juego. Yo creo que la magia de la transgresión, como la del error, está más allá de las posibilidades del traductor; está, más bien, en la forma en que leemos la poesía.

Vicente Abella


[i] Mario Grande, Traducción y Censura. Modalidad.

[ii] Ver El Plagio fiel y el erudito (I) de Fernando Florentino.

[iii] Ver El Plagio fiel y el erudito (II) de Fernando Florentino.

[iv] Del original: Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary, / Over many a quaint and curious volume of forgotten lore– / While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping, / As of some one gently rapping, rapping at my chamber door. / “Tis some visiter”, I muttered, “tapping at my chamber door– / Only this and nothing more”.


photo credit: Pensiero via photopin cc

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